La enfermera olvidada, Lola Montalvo

La enfermera olvidada, Lola Montalvo

LA ENFERMERA OLVIDADA

Mary Seacole (1805-1881)

Por Lola Montalvo

Se llamaba Mary Jane Grant y nació el 23 noviembre de 1805 en Jamaica; su padre era un soldado escocés y su madre, una mujer negra, tenía una pensión o residencia para personas inválidas o enfermas. De ella aprendió sus primeros conocimientos de cuidados basados en la medicina criolla, dado que fue una afamada curandera en Kingston, Jamaica.

Hace unos días, el 12 de mayo, se celebró el «Día Internacional de las Enfermeras» fecha que se eligió porque es el natalicio de Florence Nightingale, la mujer que sentó las bases de la profesión enfermera moderna. Fue una figura importantísima en la historia moderna de la enfermería, aplicó el método científico, las matemáticas y la estadística a los cuidados. Fue una reconocida heroína en la Guerra de Crimea (1853-56) gracias a su innovadora labor como enfermera; fue ensalzada por la prensa de la época y se convirtió en un mito viviente en la Inglaterra victoriana. Es incuestionable que, gracias a la que fue llamada la «Dama de la Lámpara», la enfermería como profesión y el cuerpo de conocimientos que la respalda en la Ciencia del Cuidado supone un antes y un después. Lo que muy pocas personas saben es que Florence Nightingale no estuvo sola en la ingente labor de atender, asistir, cuidar y hacerse cargo de los enfermos y heridos en la horrible contienda de la Guerra de Crimea; Mary Seacole también estuvo allí y trabajaron ambas con un protagonismo similar; pero todos conocen a Nightingale y casi nadie conoce a Seacole. Dos mujeres muy distintas como veremos.
Desde los doce años de edad Mary ayudó a su madre en su atención a inválidos y enfermos. Sus conocimientos de medicina local los pudo ampliar con prácticas médicas más modernas gracias a su afán viajero, de tal forma que antes de su boda en 1836, viajó por Caribe: Cuba, Haití y las Bahamas, América Central y Gran Bretaña. Fue una mujer muy emprendedora porque en sus viajes realizó varios remedos comerciales y siempre supo financiar sus proyectos. Fue una mujer resuelta y muy inteligente. Se casó con Edwin Horatio Hamilton Seacole, un soldado británico que falleció en 1844, el mismo año que su madre. Mary, entonces, se ocupó de la residencia que ella había dirigido. En 1950 hubo una horrible epidemia de cólera en Jamaica y ella se dedicó a ayudar y cuidar a los enfermos. A esas alturas, su vocación estaba bastante definida y sus conocimientos la hicieron muy popular en la región. Se trasladó a Panamá para vivir con un hermano, pero el cólera apareció allí también. Su experiencia con la enfermedad fue determinante y en esta ocasión fue resolutiva y más eficaz: entendió la necesidad de fomentar la higiene, la ventilación de los hogares y de los hospitales. Se preocupó, además, de mejorar la alimentación de los enfermos y convalecientes y propuso nuevos tratamientos. Llegó a convertirse en toda una autoridad en enfermedades tropicales. Su competencia y experiencia no pasaron desapercibidas de tal forma que la reclamaron en el cuartel general del ejército británico en Up-Park Camp en Kingston para supervisar sus servicios de enfermería.
La Guerra de Crimea Aunque le iba muy bien, en 1854 se trasladó a Inglaterra. El motivo no fue otro que las noticias que le llegaban de la Guerra de Crimea. Las batallas generaban miles de heridos, pero supo que las epidemias de tifus, cólera y disentería eran las que en realidad diezmaban a los soldados: sus conocimientos de higiene y sanidad podrían ser muy útiles allí. Además, tuvo noticias de que se buscaban enfermeras con experiencia; se reclutaron 38, entre ellas Florence Nightingale a la que se puso al frente de las mismas para ocuparse del hospital Scutari; Mary llevaba las mejores cartas de recomendación firmadas por distintos médicos militares. Solicitó una entrevista al Ministerio de Guerra, a otras dependencias de gobierno y a la misma Florence Nightingale. Y Mary Seacole fue rechazada. Ella siempre pensó que, detrás de esta negativa estuviera el hecho de que era negra, no su falta de experiencia que quedaba demostrada con las cartas presentadas. Y seguramente estaba en lo cierto.
Por aquéllas fechas ya contaba con 50 años. Su capacidad de tomar decisiones y de ser resolutiva ante las adversidades ya había quedado patente en otras etapas de su vida. Por ello, no se arredró; se hizo con un importante acopio de alimentos y medicamentos y viajó a Crimea por sus propios medios; estableció allí su «The British Hotel» en Kadikoi, cerca de Balaclava, donde se encontraba el principal campamento militar, dispuesta a poner en práctica sus conocimientos como enfermera y los cuidados que llevaba aplicando casi toda su vida. En la planta baja funcionaban un bar y una despensa y los pisos superiores eran su hospital. El bar y la despensa le permitían financiar sus servicios de enfermería. Numerosas veces se presentó en el campo de batalla, en las trincheras, para llevar té, limonada y tabaco a los combatientes, además de medicamentos a heridos y enfermos. Atendía a los hombres, incluso, en los campos de batalla. Gracias a su trabajo y dedicación se le dio el cariñoso sobrenombre de «Madre Seacole» o «Mamá Seacole», los soldados la respetaban y la querían. Hoy día es incuestionable que en la Guerra de Crimea la labor de las enfermeras, entre las que se encuentran Mary Seacole y la reconocida Florence Nightingale, salvó la vida de miles de soldados al aplicar novedosas medidas de higiene y salubridad. Eso sí, la forma de trabajar y de cuidar de una y otra eran diametralmente diferente; pero, cada una en su estilo, ambas fueron determinantes.

Tras la guerra Seacole regresó a Inglaterra arruinada y con una frágil salud. Su trabajo no había sido reconocido ni respetado por las autoridades. Aunque sí es cierto que algunos periódicos se hicieron eco de su desinteresada labor y le dedicaron portadas; esto sirvió para que fuera conocida la difícil situación económica en la que se encontraba tras la guerra, así que 1857 se organizó un festival benéfico para recaudar fondos al que asistieron miles de personas. Mary aprovechó el tirón de su flamante fama y publicó sus memorias con el título Las maravillosas aventuras de la señora Seacole en tierras lejana (Wonderful Adventures of Mrs Seacole in Many Lands) y cuyo éxito le posibilitó cierto desahogo económico. Algunos países de los que participaron en la guerra le otorgaron medallas de reconocimiento por su magnífico trabajo. Aun así, Mary Seacole murió olvidada: falleció el 14 de mayo de 1881 y fue enterrada en el cementerio católico de St. Mary en Kensal Green.

Su recuerdo fue absolutamente engullido, casi sin dejar rastro, por el paso del tiempo de tal forma que muy pocas personas saben hoy quién fue y qué hizo Mary Jane Seacole. El libro Los versos satánicos de Salman Rushdie, (1988), recoge una frase que muy bien puede resumir el motivo de este injusto olvido «Mira, aquí yace Mary Seacole, quien hizo tanto en Crimea como otra dama de lámpara mágica, pero, al ser negra, apenas podía verse por la llama brillante de la vela de Florence» En 1991 se le concedió a título póstumo la Orden del Mérito de Jamaica y en 2004 fue proclamada por el Reino Unido «la más grande británica negra». Además, hay una Fundación de la Unesco que lleva su nombre.
Sirva este artículo para hacer un pequeño homenaje y reconocimiento al trabajo y a la dedicación de una magnífica enfermera, Mary Jane Seacole, a la que la historia borró de forma estúpida e injusta solo por ser de raza negra. Debería haber sido encumbrada al lado o cerca de Florence Nightingale, dado que ambas, cada una a su manera innovaron en la ciencia del cuidado en un lugar y conflicto muy icónico. Nightingale fue el orden, la disciplina y el estudio académico; y Seacole fue el instinto, el coraje, la empatía, el corazón… Creo que, si Mary Seacole no hubiera sido negra, Florencia Nightingale la habría entrevistado y aceptado sin dudar en su equipo de enfermeras, habría valorado sin pestañear su experiencia y sus conocimientos; pero el racismo lo impidió. Lo realmente fascinante de esta enfermera es que no se rindió y a las dificultades que en esos tiempos sufrían las mujeres, sólo por el mero hecho de serlo, para llevar a cabo cualquier proyecto por su cuenta, se sumaba el rechazo general a nivel social que se tenía hacia las personas negras. Aun así, con todo en contra, Seacole se fue a Crimea e hizo lo que creía que tenía que hacer. Fue una magnífica mujer. Me gustaría saber que ahora se la conoce un poquito más.
Referencias:

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MENTES ABIERTAS

Mujeres médicas en Grecia y Roma clásicas

Mujeres médicas en Grecia y Roma clásicas

Mujeres médicas en Grecia y Roma

 

Por Lola Montalvo

LA SITUACIÓN DE LA MEDICINA FEMENINA

EN ESTAS DOS CULTURAS

Vamos a conocer unas cuantas mujeres y cómo consiguieron llegar a desempeñar como médicas, pero antes voy a exponer a grandes rasgos cómo era la situación de las mujeres en estas dos culturas. 

A la gran mayoría les resultan conocidos personajes de la antigüedad relacionados con la medicina como Esculapio, o médicos como Hipócrates, Antonio Musa—médico de Tarraco de origen griego que atendió a Augusto— o Galeno —figura histórica de origen griego que ejerció la medicina durante el s. II d.C.—. Como casi todas las ramas de la ciencia, la medicina avanzó a base de logros de hombres sabios que dejaron plasmados en escritos sus conocimientos y rudimentarias investigaciones. Pero pocos saben que también hubo mujeres, muy pocas en relación con ellos, que, luchando contra el androcentrismo dominante, entendido éste como el considerar al hombre, lo masculino y la masculinidad como medida y referente de todas las cosas y única fuente de sabiduría y autoridad, llegaron a ser médicas y generaron un aporte al conocimiento general, escribieron tratados y pusieron su granito de arena para que la medicina llegara a ser lo que es hoy día. Vamos a conocer unas cuantas mujeres y cómo consiguieron llegar a desempeñar como médicas, pero antes voy a exponer a grandes rasgos cómo era la situación de las mujeres en estas dos culturas.

Las mujeres recibían un tratamiento familiar diferente nada más nacer, una formación distinta de los hombres, no tenían personalidad jurídica propia ni tenían los mismos derechos públicos y sociales que los hombres. En Roma estaban sujetas al pater familias, figura masculina familiar que sustentaba la tutela sobre la mujer, tanto si estaba soltera o viuda —padre, hermano, tío…— como casada —esposo, hijo—. Eran, en cierto modo, una posesión más de los hombres de la familia.

Aún con esta situación de invisibilidad social de la mujer en la Antigüedad clásica, encontramos magníficos ejemplos de mujeres que se saltaron estas restricciones, tanto en su vida personal como en su papel social y cultural. Las vidas y obras de mujeres con gran poder político y social como Cornelia o Livia nos han llegado hasta nuestro días, casi esquivando los brillos omniscientes de los hombres, muy celosos de su poder y de su valimiento sobre las mujeres. No olvidemos que a las mujeres no se las consideraba como un igual, dado que ellas no tenían personalidad jurídica. El poder masculino en el que se veían inmersas estas «mujeres extraordinarias» debía ser tan enorme que su osadía al destacar no se cuestionó; incluso, estas mujeres pudieron ser consideradas dignas de admiración, como vemos que sucedió con Cornelia y Livia. Pero ellas fueron casos particulares, nunca un inicio de ningún cambio hacia la igualdad, tal como la entendemos hoy día.

El mundo clásico era androcentrista: lo masculino-el hombre como medida y referente de todo; la mujer estaba supeditada al hombre y limitada al ámbito doméstico, con una función muy determinada, pero, aun así, como se expresó más arriba, hubo mujeres que pudieron saltarse las barreras impuestas por este mundo que pivotaba solo alrededor de los hombres y pudieron apoderarse de un papel decisivo y decisorio, por lo menos en lo referente a su profesión y su vida. Conozcamos a algunas de estas mujeres extraordinarias que se saltaron las normas llegando a ser médicas en Grecia y Roma.

PHANOSTRATE de Acharnai en Atica

Algunos autores la consideran a ella y no a Agnódice la primera mujer médica. Vivió en Ática en el 350 a.C., tiempo por delante de Agnódice, que debió vivir en el último tercio del siglo IV a.C. Phanostrate era de Milete; no se sabe su origen ni la condición de su familia, solo se sabe que se dedicaba a «salvar vidas». En Acharnai que es la actual Menidi, se han localizado dos estelas de mármol y otra en Acrópolis en las que se muestra dedicatorias votivas agradeciendo la atención médica recibida. Atendía sobre todo a mujeres y niños y su nivel profesional era tal que se hacía asistir de ayudantes.

La mujer en Grecia y Roma antiguas

A grandes rasgos, en ambas culturas las mujeres cumplían un papel social distinto al del hombre, generalmente ligado al ámbito doméstico y familiar. En la vida íntima del hogar las mujeres tenían casi plena libertad de acción, pero fuera de las paredes caseras no tenían protagonismo social ni personalidad jurídica alguna, en la gran mayoría de los casos. En Atenas las mujeres libres de buena posición recibían una formación más que adecuada en literatura y música, su función y meta social lo constituían el matrimonio y la maternidad y llegarían a ser fundamentales en la educación de los hijos varones durante su infancia. La función más significativa de estas mujeres en la Antigüedad clásica, tanto griegas como romanas, era la de ser buenas madres

Es necesario indicar que las mujeres grecolatinas que más se conocen hoy día son las que presentaban un estatus social elevado, un nivel de vida acomodado, con familiares varones de cierta importancia político-militar, mujeres que pudieran estar asociadas de alguna forma a hombres famosos o ilustres. De las mujeres humildes y de las esclavas poco o nada ha llegado hasta nuestro días, salvo por referencias indirectas.

AGNÓDICE o Agnodike de Atenas:
Otros nombres: Hagnódica.

Esta mujer se encuentra entre la realidad y la leyenda, aunque muchos autores la consideran un personaje real. De hecho, se la considera la primera mujer médica-ginecóloga de la Historia. El primer dato que tenemos de su existencia es en la Fábula 174 del autor latino Higinio, en el siglo I a.C.

Se supone que vivió en Atenas alrededor del siglo IV a.C. (año 300 a.C.) era hija de una familia acomodada de su ciudad. Su existencia debía quedar reducida a lo que se imponía en esos años: vida hogareña y ser esposa y madre. Las chicas en esa época tenían cierta formación cultural y formal pero muy limitada.

En la época de Hipócrates se vetó el acceso de las mujeres a conocimientos médicos, a poder estudiar para actuar como parteras, dado que se les acusó de que practicaban abortos, por lo que se prohibió a las mujeres que practicaran la medicina bajo amenaza de condena a pena capital, a muerte.

Agnódice se rebeló contra esta decisión injusta; ella quería aprender medicina y cuidar de las mujeres que morían con demasiada frecuencia en los partos dado que no eran visitadas por los médicos hombres. Ella quería ayudarlas. Con la ayuda de su padre se disfrazó de hombre: se cortó el cabello, se vistió con ropas masculinas y se fue a Egipto, concretamente a Alejandría, a estudiar con un famoso médico de esa época, Herófilo de Calcedonia. Terminó sus estudios como una de las mejores estudiantes entre sus compañeros.

De regreso a Atenas ejerció su profesión aún escondida como hombre. Alguna mujer se negó al inicio de los síntomas del parto a que le atendiera un hombre y ella no tuvo reparos en de forma discreta a compartir su secreto con esas mujeres y ganarse su confianza. Su fama como ginecóloga y como médico de mérito no tardó en correr por toda la ciudad lo que levantó las envidias de los colegas hombres que no dudaron en acusar a ese «misterioso médico ginecólogo» de abusar de sus pacientes e incluso de violar a alguna de las mujeres que atendía. Ante un tribunal Agnódice se defendió de estas acusaciones falsas y recurrió al extremo de desnudarse ante los jueces para demostrar que esos delitos eran mentira. Pero, el ser mujer y médica también estaba condenado con la muerte. Ante esta sentencia las mujeres de la ciudad se lanzaron a la calle en masa manifestándose en contra de tal injusticia, dado que Agnódice había salvado muchas vidas, de esas mujeres y de sus hijos, esposas e hijos de esos hombres que la condenaban.

Agnódice se libró de su condena. Se le permitió ejercer su ciencia, pero solo podía atender mujeres. La ley tuvo que ser modificada para que las mujeres pudieran, a partir de ese momento, acceder a los estudios de medicina.

METILIA DONATA

Fue una médica de origen romano. Se conserva de ella un rico monumento funerario encontrado en Lion. Se la supone una mujer de alta clase social y que hubiera podido ejercer la medicina en la casa imperial, como médica de la corte.

IULIA SATURNINA

Esta médica romana ejerció su ciencia en Hispania en el siglo II d.C., concretamente se la ubica en Emerita Augusta, la actual Mérida, que en esos años era la capital de la provincia Lusitania. Se la supone ciudadana romana con origen en las clases populares; se conoce el nombre de su esposo, Casio Filipo que fue quien erigió la estela que nos ha quedado de ella y donde se indica su profesión y falleció a la edad de cuarenta y cinco años.

  • Otras médicas de origen romano: Primilia, Empiria, Naevia Clara…

NTIOQUIS DE TLOS

A esta médica la encontramos referida en diversos textos posteriores a su época, como en uno de los manuales de Claudio Galeno (siglo II d.C) en el que habla de Antioquis de Tlos, médica que vivió y ejerció en el siglo I a.C. en la ciudad de Licia. Era hija del médico Diodoto; llegó a alcanzar gran fama en su ciudad de tal forma que sus ciudadanos por suscrición pública erigieron una estatua en su honor. Otros textos, sin embargo, indican que había hecho erigir su estatua ella misma, lo que prueba, además, que se trataba de una mujer libre y rica.
MARGARETA
Reconocida cirujana «who had an inusual appointment as an army surgeon» es decir, que había sido nombrada cirujana del ejército de forma inusual. Es curioso que de esta médica no haya encontrado nada más…
METRODORA
Esta médica de origen griego vivió en Roma, entre los siglo I-II d.C.; otros textos, sin embargo, afirman que vivió entre los siglos III y IV. Como se puede comprobar se conoce poco de ella, salvo que fue la autora del escrito-tratado médico más antiguo conocido que fuera escrito por una mujer médica. De título «Sobre las enfermedades y los cuidados de la mujeres». Este tratado abarca muchas áreas de la medicina como es la ginecología —enfermedades del útero y mama, concepción—, en una época en la que la salud de la mujer quedaba reducida casi exclusivamente al parto. Este tratado fue ampliamente referenciado y traducido en la Grecia y Roma antiguas, llegando como texto importante hasta la Edad Media. También se la considera la primera médica que identificó la anorexia nerviosa como un problema de salud de su época.
Otras médicas de origen griego: Origenia, Cleopatra, Aspasia…

Esto es todo; este artículo es solo una pequeñísima muestra de la totalidad de médicas conocidas que ejercieron en Grecia y Roma clásicas durante siglos; y seguro que fueron muchas más de las que no han llegado noticias ni en textos ni en estelas o hitos de piedra. Abrirse camino en un mundo exclusivo de hombres debió ser una tarea ardua y complicada, con riesgo de ser condenadas de alguna forma o incluso de sufrir pena capital, como en los albores de la Grecia Clásica. Como se ha visto, casi todas las mujeres médicas ejercían como obstetras —obstetrix—, es decir, atendían en los partos, por razones lógicas: las mujeres, sobre todo las de clase más elevada no deseaban ser atendidas por hombres que, por regla general, no se ocupaban de los partos, dejando esta labor a las parteras y matronas. Algunas de estas mujeres, sin embargo, abarcaron más facetas del cuidado, de la medicina e, incluso, escribieron tratados que fueron copiados y considerados con respeto por médicos afamados como Galeno.

No se puede negar que ellas, las médicas de la Antigüedad clásica también generaron conocimiento, en su práctica diaria, en los tratados que escribieron, los cuidados que aportaron y que transmitieron generación a generación, de mujer a mujer. Ellas también ayudaron a generar conocimiento médico-científico y es justo que se conozca. Sirva este artículo para mostrar una breve reseña de lo que las mujeres médicas llevaron a cabo durante siglos.

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MENTES ABIERTAS

2020, EL AÑO QUE CAMBIÓ NUESTRO PRESENTE

2020, EL AÑO QUE CAMBIÓ NUESTRO PRESENTE

2020, 

EL AÑO QUE CAMBIÓ NUESTRO PRESENTE

 

Por Héctor Martínez González

Llega el dolor vestido de negro en la segunda década del milenio. La sorpresa conmueve a la humanidad y se cierne la oscuridad sobre los habitantes del planeta.

 

 

Las alarmas se encienden en los rincones más recónditos de lasciudades; en los bosques; en los corazones. Juegan los pronósticos a dibujar un esquema de probabilidades inconexas que se quiebra por la fatal letalidad de un tímido microorganismo. Un virus que cambia el escenario social. Las empresas se paralizan al tiempo que lo hacen las piernas de los ciudadanos, que desconcertados, recuerdan con nostalgia los meses donde podían caminar en libertad. Llega el confinamiento.

Observamos cómo van pereciendo ciudadanos anónimos que se convierten en un número. Miramos, con cierto reparo, con un miedo humano, el número de víctimas que ha habido: “bien, hoy solo han sido trescientas en España”

 

Parece que es verdad, que nuestra vida ha cambiado, que debemos convivir con un ser insignificante que puede multiplicarse silenciosamente en nuestros pulmones; hasta provocar, por un solidario instinto de supervivencia, la más cruda y parsimoniosa asfixia. Viven los invisibles y mueren los seres queridos. Se tiñen de negro las cortinas cotidianas de los días de la semana. Los fines de semana solo son el comienzo de una nueva tragedia. ¿Hasta cuándo va a seguir esto? ¿Es que no están trabajando las farmacéuticas? Se escuchan noticias de una posible vacuna pero los ensayos están ralentizados por sus propios plazos. Paciencia ante el cataclismo.

Estamos tan sumidos en la tecnología que esta, a través de un sencillo algoritmo digital, ha absorbido la pasión incombustible del brío humano para transformarla en un número decimal. Son las décimas de fiebre de los moribundos pacientes las que ponen fin a una vida de esfuerzo marcada por el injusto azar. No hay justicia, ni divina ni social, solo hechos que marcan con sangre los trazos de la inestable existencia.

Respiramos a través de una mascarilla, camuflado nuestro olfato y oculto el gusto, esquivando la fragancia de La Parca. Nos meten en la cabeza que el riesgo es extremo; lo damos por hecho. Creemos a pies juntillas unas órdenes sutiles que a la vez, son cambiantes. La OMS donde dice digo, dijo Diego. Y en el mundo, al margen de las teorías conspiratorias y de las lógicas cábalas de una población expuesta, cientos de Diegos siguen muriendo. No está en las manos de los trabajadores detener aquello que escapa a los medios de los que disponen, así que solo pueden confiar en el éxito farmacéutico. Un éxito raudo pero, como siempre, marcado por el dinero.

Como telón de fondo, las monedas bailan felices, pasando de una mano a otra, de país en país y a veces, también en la sombra, entre cuentas corrientes que no existen. No es corriente ignorar el poder del dinero, aunque tampoco lo es renunciar a su infame legado. La economía permite que las personas puedan alimentarse, pero solo lo hace porque hemos acatado que este es el único sistema de supervivencia. Un sistema recalentado, cargado de mentiras y de corrupción, con aroma a egoísmo y de color gris. Tan gris, que llueve diariamente en los corazones de los demócratas valientes, al comprobar que, pese a su esfuerzo, hay cosas que jamás dependerán de ellos.

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San Valentín, el santo del amor

San Valentín, el santo del amor

San Valentín,

el santo del

amor

Por Cristina Martínez Martín

¿CONOCES SU HISTORIA?

Valentín fue un sacerdote que, en Roma, en el siglo III de nuestra era, celebraba matrimonios de jóvenes enamorados en contra de la prohibición del emperador, por lo que fue condenado a muerte.

Se pierde en los flecos de la historia desde cuando se celebra el día de los enamorados en honor a Valentín…

A los avisados comerciantes especialistas en vendernos sueños, les interesa
transformar el poema, con el que se pretendía mostrar una vez más el amor de cada día a la persona amada, en un regalo.

Un regalo significa caja. Y ahora, en tiempos de la pandemia, cualquier caja es bienvenida. Ese regalo fue pasando con el tiempo de un detalle a una flor, de flores a objetos codiciados, y en último lugar a joyas en función del poder adquisitivo de la pareja…

Ahora que la pandemia ha transformado nuestro mundo y nos fuerza a cambiar y a modificar los valores de usar y tirar de los que nos servíamos antes, forzándonos a la reflexión…

En un principio y como decía mi padre: quien está enamorado, lo está todos los días del año y no sólo el día de san Valentín, y demostrarlo a la pareja es un trabajo cotidiano a veces bien duro, imposible de evaluar materialmente, aunque siempre recompensado, no ya porque el otro lo devuelva sino porque generar amor enriquece a quien ama…

 

Llenar de contenido material un sentimiento romántico y espiritual como el amor es contradictorio, pero vivimos muchas contradicciones en nuestras vidas, y los
comerciantes me maldecirán por sacar a colación semejantes reflexiones en estos tiempos…

Ahora que estamos de nuevo apreciando lo que tenemos sin desear con avaricia todo lo que la publicidad se esfuerza por hacernos desear…
Ahora que comprendemos al fin que, con nuestra fiebre enceguecida y consumista, nos estábamos cargando el planeta, nuestro medio ambiente, nuestros recursos naturales, el agua, el mar, a todos los seres vivos, y hasta el aire que respiramos… más pierde sentido.

Ahora que nos encontramos en la prisión del confinamiento, es cuando tenemos la oportunidad de aprender de nuestros errores, y apreciar lo que de verdad cuenta en nuestras vidas. Y el amor, ese amor del que hablan los poetas y que nos hace trascender nuestros egoísmos para transformarnos en seres generosos, no tiene valor material. Ahora bien, sin él nos sentimos profundamente desgraciados y desvalidos, pues sin él todo lo demás pierde sentido.

 

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