La enfermera olvidada, Lola Montalvo

La enfermera olvidada, Lola Montalvo

LA ENFERMERA OLVIDADA

Mary Seacole (1805-1881)

Por Lola Montalvo

Se llamaba Mary Jane Grant y nació el 23 noviembre de 1805 en Jamaica; su padre era un soldado escocés y su madre, una mujer negra, tenía una pensión o residencia para personas inválidas o enfermas. De ella aprendió sus primeros conocimientos de cuidados basados en la medicina criolla, dado que fue una afamada curandera en Kingston, Jamaica.

Hace unos días, el 12 de mayo, se celebró el «Día Internacional de las Enfermeras» fecha que se eligió porque es el natalicio de Florence Nightingale, la mujer que sentó las bases de la profesión enfermera moderna. Fue una figura importantísima en la historia moderna de la enfermería, aplicó el método científico, las matemáticas y la estadística a los cuidados. Fue una reconocida heroína en la Guerra de Crimea (1853-56) gracias a su innovadora labor como enfermera; fue ensalzada por la prensa de la época y se convirtió en un mito viviente en la Inglaterra victoriana. Es incuestionable que, gracias a la que fue llamada la «Dama de la Lámpara», la enfermería como profesión y el cuerpo de conocimientos que la respalda en la Ciencia del Cuidado supone un antes y un después. Lo que muy pocas personas saben es que Florence Nightingale no estuvo sola en la ingente labor de atender, asistir, cuidar y hacerse cargo de los enfermos y heridos en la horrible contienda de la Guerra de Crimea; Mary Seacole también estuvo allí y trabajaron ambas con un protagonismo similar; pero todos conocen a Nightingale y casi nadie conoce a Seacole. Dos mujeres muy distintas como veremos.
Desde los doce años de edad Mary ayudó a su madre en su atención a inválidos y enfermos. Sus conocimientos de medicina local los pudo ampliar con prácticas médicas más modernas gracias a su afán viajero, de tal forma que antes de su boda en 1836, viajó por Caribe: Cuba, Haití y las Bahamas, América Central y Gran Bretaña. Fue una mujer muy emprendedora porque en sus viajes realizó varios remedos comerciales y siempre supo financiar sus proyectos. Fue una mujer resuelta y muy inteligente. Se casó con Edwin Horatio Hamilton Seacole, un soldado británico que falleció en 1844, el mismo año que su madre. Mary, entonces, se ocupó de la residencia que ella había dirigido. En 1950 hubo una horrible epidemia de cólera en Jamaica y ella se dedicó a ayudar y cuidar a los enfermos. A esas alturas, su vocación estaba bastante definida y sus conocimientos la hicieron muy popular en la región. Se trasladó a Panamá para vivir con un hermano, pero el cólera apareció allí también. Su experiencia con la enfermedad fue determinante y en esta ocasión fue resolutiva y más eficaz: entendió la necesidad de fomentar la higiene, la ventilación de los hogares y de los hospitales. Se preocupó, además, de mejorar la alimentación de los enfermos y convalecientes y propuso nuevos tratamientos. Llegó a convertirse en toda una autoridad en enfermedades tropicales. Su competencia y experiencia no pasaron desapercibidas de tal forma que la reclamaron en el cuartel general del ejército británico en Up-Park Camp en Kingston para supervisar sus servicios de enfermería.
La Guerra de Crimea Aunque le iba muy bien, en 1854 se trasladó a Inglaterra. El motivo no fue otro que las noticias que le llegaban de la Guerra de Crimea. Las batallas generaban miles de heridos, pero supo que las epidemias de tifus, cólera y disentería eran las que en realidad diezmaban a los soldados: sus conocimientos de higiene y sanidad podrían ser muy útiles allí. Además, tuvo noticias de que se buscaban enfermeras con experiencia; se reclutaron 38, entre ellas Florence Nightingale a la que se puso al frente de las mismas para ocuparse del hospital Scutari; Mary llevaba las mejores cartas de recomendación firmadas por distintos médicos militares. Solicitó una entrevista al Ministerio de Guerra, a otras dependencias de gobierno y a la misma Florence Nightingale. Y Mary Seacole fue rechazada. Ella siempre pensó que, detrás de esta negativa estuviera el hecho de que era negra, no su falta de experiencia que quedaba demostrada con las cartas presentadas. Y seguramente estaba en lo cierto.
Por aquéllas fechas ya contaba con 50 años. Su capacidad de tomar decisiones y de ser resolutiva ante las adversidades ya había quedado patente en otras etapas de su vida. Por ello, no se arredró; se hizo con un importante acopio de alimentos y medicamentos y viajó a Crimea por sus propios medios; estableció allí su «The British Hotel» en Kadikoi, cerca de Balaclava, donde se encontraba el principal campamento militar, dispuesta a poner en práctica sus conocimientos como enfermera y los cuidados que llevaba aplicando casi toda su vida. En la planta baja funcionaban un bar y una despensa y los pisos superiores eran su hospital. El bar y la despensa le permitían financiar sus servicios de enfermería. Numerosas veces se presentó en el campo de batalla, en las trincheras, para llevar té, limonada y tabaco a los combatientes, además de medicamentos a heridos y enfermos. Atendía a los hombres, incluso, en los campos de batalla. Gracias a su trabajo y dedicación se le dio el cariñoso sobrenombre de «Madre Seacole» o «Mamá Seacole», los soldados la respetaban y la querían. Hoy día es incuestionable que en la Guerra de Crimea la labor de las enfermeras, entre las que se encuentran Mary Seacole y la reconocida Florence Nightingale, salvó la vida de miles de soldados al aplicar novedosas medidas de higiene y salubridad. Eso sí, la forma de trabajar y de cuidar de una y otra eran diametralmente diferente; pero, cada una en su estilo, ambas fueron determinantes.

Tras la guerra Seacole regresó a Inglaterra arruinada y con una frágil salud. Su trabajo no había sido reconocido ni respetado por las autoridades. Aunque sí es cierto que algunos periódicos se hicieron eco de su desinteresada labor y le dedicaron portadas; esto sirvió para que fuera conocida la difícil situación económica en la que se encontraba tras la guerra, así que 1857 se organizó un festival benéfico para recaudar fondos al que asistieron miles de personas. Mary aprovechó el tirón de su flamante fama y publicó sus memorias con el título Las maravillosas aventuras de la señora Seacole en tierras lejana (Wonderful Adventures of Mrs Seacole in Many Lands) y cuyo éxito le posibilitó cierto desahogo económico. Algunos países de los que participaron en la guerra le otorgaron medallas de reconocimiento por su magnífico trabajo. Aun así, Mary Seacole murió olvidada: falleció el 14 de mayo de 1881 y fue enterrada en el cementerio católico de St. Mary en Kensal Green.

Su recuerdo fue absolutamente engullido, casi sin dejar rastro, por el paso del tiempo de tal forma que muy pocas personas saben hoy quién fue y qué hizo Mary Jane Seacole. El libro Los versos satánicos de Salman Rushdie, (1988), recoge una frase que muy bien puede resumir el motivo de este injusto olvido «Mira, aquí yace Mary Seacole, quien hizo tanto en Crimea como otra dama de lámpara mágica, pero, al ser negra, apenas podía verse por la llama brillante de la vela de Florence» En 1991 se le concedió a título póstumo la Orden del Mérito de Jamaica y en 2004 fue proclamada por el Reino Unido «la más grande británica negra». Además, hay una Fundación de la Unesco que lleva su nombre.
Sirva este artículo para hacer un pequeño homenaje y reconocimiento al trabajo y a la dedicación de una magnífica enfermera, Mary Jane Seacole, a la que la historia borró de forma estúpida e injusta solo por ser de raza negra. Debería haber sido encumbrada al lado o cerca de Florence Nightingale, dado que ambas, cada una a su manera innovaron en la ciencia del cuidado en un lugar y conflicto muy icónico. Nightingale fue el orden, la disciplina y el estudio académico; y Seacole fue el instinto, el coraje, la empatía, el corazón… Creo que, si Mary Seacole no hubiera sido negra, Florencia Nightingale la habría entrevistado y aceptado sin dudar en su equipo de enfermeras, habría valorado sin pestañear su experiencia y sus conocimientos; pero el racismo lo impidió. Lo realmente fascinante de esta enfermera es que no se rindió y a las dificultades que en esos tiempos sufrían las mujeres, sólo por el mero hecho de serlo, para llevar a cabo cualquier proyecto por su cuenta, se sumaba el rechazo general a nivel social que se tenía hacia las personas negras. Aun así, con todo en contra, Seacole se fue a Crimea e hizo lo que creía que tenía que hacer. Fue una magnífica mujer. Me gustaría saber que ahora se la conoce un poquito más.
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