Un grito en el desierto, Cristina Martínez

Un grito en el desierto, Cristina Martínez

Por Cristina Martínez Martín

                         Un grito en el desierto

 

ALGUNOS HOMBRES MATAN A LAS MUJERES     

Estamos viviendo a nivel mundial un rebrote de machismo innegable.

Abrir un periódico y encontrar en los sucesos la muerte de una mujer a manos de su pareja se ha convertido en algo habitual.  Ya no merece siquiera el valor de la primera plana.  Aquí en España como en cualquier parte del mundo, eso sucede cada día.  ¿Me quieres?, no, pues te mato.  Luego la justicia con muy buenas intenciones y muy pocos resultados, encierra a los asesinos unos pocos años y después los sueltan.  Ahora bien, los agresores no se arrepienten, al contrario, se ríen de la ley en sus narices y vuelven a las andadas en cuanto se ven en la calle.  La vida de mujer cuesta tan sólo unos pocos años de prisión.

Nadie puede amar por decreto.  Pero, para el hombre que desea a una mujer, esa reciprocidad es lo de menos.  Lo importante es lo que él siente y quiere.  El machista no acepta a la mujer como igual y, por lo tanto, no acepta un no por respuesta.

En occidente, los asesinatos y agresiones se suceden sin interrupción. La manadas de hombres, camuflados bajo el estandarte de algún deporte, pasean arrogantes su exaltada libido por las ciudades donde no los conocen y arrasan a su paso.  Es divertido someter, violar e incluso herir entre todos a una descuidada.

Las mujeres de mi generación, que tanto hemos luchado por la igualdad, contemplamos consternadas el retroceso.  ¿Qué hemos hecho o estamos haciendo para que esto suceda?, nos preguntamos.

No sabemos la respuesta, lo que sí sabemos es que, si al hombre que mata se le encerrara en prisión de por vida y se le obligara a trabajar para pagar su sustento, este salvajismo con visos de impunidad seguramente acabaría…

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Un grito en la oscuridad, Cristina Martínez

Un grito en la oscuridad, Cristina Martínez

Por Cristina Martínez Martín

  Un grito en la oscuridad

 

 Por Cristina Martínez Martín

 

 

 

 

Si atacan a una nos atacan a todas.

Que no sea un eslogan de occidente sino una batalla global.

Lo que está ocurriendo en Irán es de tal magnitud que nos asombra que el mundo siga girando y nosotras, las mujeres, no nos levantemos en masa para oponernos…

Acabo de leer y no es un bulo, que una niña de catorce años fue brutalmente violada y asesinada por quitarse la hijab…  En el hospital adonde la llevaron no pudieron salvarla por las tremendas desgarraduras vaginales que había sufrido…

Es verdad que las mujeres no cejamos en una lucha que no cesa, ahora bien, ante un gobierno de un país que está haciendo ese daño a nuestras hermanas nos sentimos impotentes y miramos para otro lado, tal vez porque ese país está lejos y parece que nos duele menos, tal vez porque tenemos miedo, sí miedo al fanatismo que mata para imponer su ideología.

Es cierto que aún quedan muchos asuntos sin resolver en occidente, es cierto que hay que mantener las espadas en alto ante comportamientos y actitudes que pese a su barniz ocultan un feroz machismo, pero lo de Irán es la punta del iceberg.

En Irán las mujeres han retrocedido dos o tres siglos y todas las mujeres en esa sociedad han pasado de ser personas con carreras y profesiones, con futuro e ilusiones, a ser reducidas a la esclavitud.

Es preciso que todas las mujeres del mundo nos opongamos con todas nuestras fuerzas y recursos a esa barbarie.  No se trata de política ni de religión, se trata de derechos humanos.  Se trata de que las mujeres llevamos apenas un par de siglos luchando por la igualdad y, en aquellos países donde el fanatismo religioso triunfa, hemos perdido la batalla y quienes se oponen, la vida…

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David contra Goliat…, Cristina Martínez

David contra Goliat…, Cristina Martínez

Por Cristina Martínez Martín

  David contra Goliat

 Por Cristina Martínez Martín

 

 

 

 

 

 

 

Los avisos de un cataclismo son cada vez más frecuentes,

pero no queremos verlos ni oírlos…

Se habla en la calle de muchas cosas que nos distraen, en especial, de las tragedias de “los famosos” que pululan por televisión y venden sus vidas al por mayor, mientras eludimos temas que nos afectan. Me refiero al cambio climático. Parece una entelequia en boca de unos cuantos convencidos y esforzados ecologistas, y, por no quedar mal, poco a poco vamos entrando en la cadena del reciclaje, a menudo no respetado por las mismas autoridades que nos invitan a llevarlo a cabo.  Con esos pequeños gestos, contentamos en parte a esa maldita conciencia que nos sermonea al respecto y ya está, hasta ahí llegamos…  

Ahora bien, en mayo hemos alcanzado en España temperaturas nunca vistas. Las inundaciones por gotas frías asolan numerosas localidades españolas.  Los incendios arrasan cada vez con más frecuencia y regularidad nuestras zonas boscosas.  En nuestros mares desaparecen numerosas especies cada año.  Los mosquitos y las garrapatas se han multiplicado. El agua en breve, provocará tensiones por su carencia pues no tendremos bastante para beber y cultivar la tierra.  Los científicos avisan que, debido al alza de las temperaturas y a la falta de lluvia, la península corre el riesgo de desertización de la mitad hacia el sur…

Hay quienes tiran la toalla. Total, no podemos hacer nada. Eso depende de los gobiernos del mundo.  En realidad, los ecologistas exageran y no pasará nada.  El cambio climático no existe, es un montaje…

Cualquier excusa es buena para justificar nuestra apatía e inactividad. Sin embargo, el panorama es aterrador y no estoy hablando de ciencia ficción sino de la realidad. Nuestro mundo, aquel en el que nacimos y crecimos, está colapsando…

¿Qué podemos hacer? Lo primero tomar conciencia de que los recursos son limitados.  Lo segundo actuar en consecuencia.

Disminuir la herida conlleva austeridad. Compramos para satisfacer a unas necesidades emocionales que nada tienen que ver con los trastos, la ropa y los bienes con los que llenamos nuestras casas y vidas y obviamos que para fabricar una simple camiseta se necesitan 1200 litros de agua y unas zapatillas deportivas unos 4.400.  Comemos carne en exceso, cuando para criar a una vaca se necesitan 110 litros de agua al día. La obsolescencia de casi todos los aparatos nos invita a comprar sin cesar… Vivimos, en resumen, como si todos los recursos naturales fueran inacabables y en una loca carrera a ninguna parte.

 

La batalla es difícil y desigual. La publicidad nos empuja a ese consumo desaforado y detrás de la publicidad están las grandes multinacionales e incluso los gobiernos…

Ahora bien, o nos rebelamos contra ese esquema y nos movilizamos o el mundo que dejaremos a nuestros hijos y nietos es un desierto en el que sobrevivir será cada vez más difícil.

 

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A la carga…, Cristina Martínez

A la carga…, Cristina Martínez

Por Cristina Martínez Martín

A la carga…

¿Cada cuántos días cae una nueva víctima a manos de su pareja?

 

 

 

Algo a lo que nos estamos acostumbrando como a la lluvia o al calor. Ahora bien, inevitables son la lluvia o el calor, pero no lo es el arrebatar la vida a otra persona.

Ver la edad de las víctimas de género y la de sus agresores, es aterrador.  Me cuesta creer que ese menor que ha matado va a salir cinco años después a la calle reformado. Al contrario, probablemente estará dispuesto a matar de nuevo a quien le contraríe, porque en verdad ha aprendido que “el asesinar” le ha costado bien poco. Con una legislación como la nuestra, los ciudadanos de a pie tenemos una sensación de impotencia y fragilidad extrema.

Cuando veo que la policía protege a los delincuentes tapándoles la cara mientras los llevan a declarar, y los familiares de las victimas se derraman en llanto frente a las cámaras, me digo, ¡qué sinsentido! Las victimas deberían poder llorar con total respeto e intimidad mientras que los ciudadanos deberíamos poder ver y marcar a los asesinos.  

 

Temo que el problema radica en que los padres de esta nueva generación piensan que quienes deben educar a sus hijos son los maestros y profesores y se desentienden de esos hijos molestos a quienes consienten todo por no ser capaces de enfrentarlos. Y, en consecuencia, los chavales se adueñan de la situación y tiranizan a sus padres…

Es muy difícil educar a los hijos. Cierto. Eso requiere un esfuerzo continuado y penoso. Y, cuando se viene de trabajar cansado, no se tienen ganas de pelear sino de descansar.  Y, torcer la voluntad de un adolescente que lo único que desea es que le dejen estar a su aire y hacer lo que le da la gana, sin ninguna disciplina de vida ni cortapisas, es harto difícil. Ahora bien, ese esfuerzo es fundamental y necesario si queremos una sociedad justa e igualitaria. 

Estoy convencida de que la educación es la clave para erradicar esta plaga.  Sé que en las escuelas se trabajan los valores de respeto.  Sin embargo, creo que esa educación no reside en la escuela sino en los hogares. En la escuela, se les enseñan diversas asignaturas y técnicas para construirse profesiones y se refuerzan los valores que traen de casa, pero es en la casa donde aprenden el respeto y el valor de la vida. 

 

 

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El cónsul francés, novela de Cristina Martínez Martín

El cónsul francés, novela de Cristina Martínez Martín

  El cónsul francés

   La nueva novela de

   Cristina Martínez Martín

Esta novela parte del gravísimo atentado que sufre el cónsul de Francia en Larache (el puerto más importante del entonces Protectorado de España en Marruecos), en el año 1957.

Por medio de los recuerdos y la narración de una adolescente, vamos conociendo el escenario pluricultural que conforma la sociedad de esa ciudad, y la vida de los allá refugiados; una vida que se desintegra tras proclamarse la independencia de Marruecos. En ese contexto, el triángulo amoroso conformado por el cónsul de Francia, una ex artista famosa, madre de la adolescente, y la adolescente, es el telón de fondo de un thriller.   El cónsul investiga y destapa, ayudado por la legendaria duquesa de Guisa, una realidad terrible y muy incómoda para las autoridades españolas. 

A la violencia externa de ese mundo que “se hunde”,  se une la interna de unos personajes que navegan por aguas cenagosas bajo los focos de la claridad hiriente y de los colores y olores de África…

Una novela que no podrás dejar desde la primera página.

Nació en Larache (Marruecos) y allí vivió hasta los 14 años. Cursó Filosofía y Letras en la Universidad de Murcia, Letras Modernas en la de Estrasburgo, e inglés en la Universidad Mc Gill de Montreal (Canadá). Profesora y empresaria (primer premio de la Federación Internacional de Mujeres Empresarias en 1998), y coordinadora regional de un proyecto feminista de la Unión Europea en Andalucía. Su primera novela: “Te devuelvo la memoria” ganó el premio Galiana convocado por el Ayuntamiento de Toledo. La segunda, “País de Invierno” se encuentra en su segunda edición. Actualmente colabora con la prensa local en Sevilla y Murcia y en Mentes abiertas.

Escribo para poner mi imaginación al servicio de una causa, la nuestra, la de las mujeres, quienes por el hecho de nacer de sexo femenino hemos tenido que pagar a lo largo de la historia un precio desorbitado.

Escribo porque necesito aportar un grano de arena a la playa antes de morir…

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Vampiros emocionales, Cristina Martínez Martín

Vampiros emocionales, Cristina Martínez Martín

Vampiros emocionales

Cuestión de justicia

Por Cristina Martínez 

Hay muchas formas de matar a alguien.

Eso lo saben muy bien los vampiros emocionales…

Si no me amas, mato todo lo que tú amas…

 

De eso no se habla.  Pero, eso ocurre en millones de hogares; en hogares aparentemente felices; en hogares en los que a veces nos adentramos de puntillas y en los que descubrimos horrorizados que lo que parecía color rosa chicle es negro tinta china.  Uno de los dos cónyuges, sufre el horror del chantaje diario, del acoso, del derribo, del desprecio y de la humillación.   Y, en el caso de los hombres, lo sufre en silencio, porque ninguno está culturalmente dispuesto a confesar que su mujer lo maltrata.
Los hijos de la pareja en poder de esos hábiles manipuladores son incapaces de percibir la verdad, y se transforman sin saberlo en armas con los que agredir, atacar y herir a la auténtica víctima, que a la postre resulta ser el villano o villana de la película.   La trampa es perfecta.  A  quien trata de escapar, se le condena de la forma más cruel imaginable, pues el vampiro sabe utilizar muy bien todos los resortes emocionales y sociales a su alcance para conseguir la muerte anímica de su víctima. La sociedad contribuye a engrasar este engranaje.  Después de siglos de ningunear a las mujeres, las sociedades occidentales hoy se voltean para protegerlas y ampararlas con un desborde de culpabilidad, todo sea dicho de paso, justificada.  Ahora bien, el problema es que, en este caso, las vampiras aprovechan esa coyuntura para ejercer desde esa protección social su dominio.     

Si queremos conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, debemos conseguirla desde la justicia y, así pues, tendremos que desenmascarar a quienes se sirven de esa protección para maniobrar y atacar a sus parejas con el fin de conseguir sus fines, ya sean de un género u otro. Esto contamina el discurso sobre la violencia contra las mujeres, lo sé, pero se trata de corregir una injusticia.

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